Nuevo mixtape: VLVT

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VLVT Cover 02

Decidí llamar a este mixtape VLVT por dos sencillas razones: en primer lugar, considero que estos 50 minutos son precisamente un concentrado de lo que Velvet es: una mezcla bastante ecléctica y sin prejuicios en la que se puede encontrar desde Diplo hasta Paulina Rubio y los omnipresentes Disclosure, y en la que también, hacen acto de presencia algunas de mis influencias más grandes: los Pet Shop BoysAlaska & Dinarama. Pero también, están presentes los dos géneros que más quiero: el house y la electrónica.

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Cómo Lou Reed y la Velvet Underground salvaron mi vida

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Lou Reed

Por supuesto que no pertenezco a la generación de la Velvet Underground o de la carrera en solitario de Lou Reed, ambas comenzaron 20 o 15 años antes de que yo naciera; pero siento que eso no significa que no pueda escribir al respecto.

Cuando yo tenía 14 años no encajaba en ningún sitio: por aquellas épocas (hablamos del año 2000), no era lo suficientemente honesto como para admitir que disfrutaba cosas como Britney Spears o *N’Sync (cosas que actualmente disfruto sin temor a admitirlo y enormemente); pero tampoco consideraba mucho de lo que se estaba haciendo en ese momento fuese tan relevante, o al menos creo que no tenía con quien compartirlo.

Yo descubrí a Lou Reed y su mítica Velvet Underground a los 14, cuando no tenía ni siquiera idea de quién era yo. Apenas comenzaba a adentrarme en el fascinante mundo de la música que ahora rige mi vida, pero no terminaba de entender bien por dónde era el camino. Fue entonces cuando me topé con una película que cambiaría –y acabaría por definir– mi vida. Ahora que la veo sé que no es tan buena, pero en ese entonces Velvet Goldmine de Todd Haynes salvó la vida de un adolescente: me dio por fin una visión clara de lo que quería yo ser y hacer.

En esa película se hablaba de LadytronsVirginia Plains y Satélites del amor. De ese brevísimo y mágico periodo que fue el glam rock. Investigando, comencé a descubrir nombres: evidentemente ya sabía de Bowie, pero entonces comprendí mejor a Iggy Pop, le gané más respeto a Mick Jagger y descubrí que ese Lou Reed, era el mismo que Alaska tanto mencionaba, aquel que le dio el nombre.

Fue entonces cuando el universo se alineó: David Bowie tenía esa joya escondida que le daba título a la película, Madonna con su Drowned World Tour nos recordaba de un “young, velvet, porcelain boy” y una banda llamada Velvet Underground me comenzó a hablar de la noche, dealers que se esperan con impaciencia, sadomasoquismo sacado de la literatura, todas las fiestas del mañana, luz blanca, calor blanco, aquello que decía Candyafter hoursrock’n’roll, y sobre todo, un par de ojos azul pálido.

Esa banda era liderada por un hombre llamado Lou Reed, un poeta eléctrico que hizo uno de esos himnos inmortales para caminar en el lado salvaje, que hablaba de Warhol, que me invitaba a subirme a un satélite del amor y que describía el día más triste, el día perfecto.

Y así nació Velvet, el chico que quería ser el príncipe del glam.

Las canciones de Lou Reed y todos sus proyectos anteriores y posteriores me educaron durante mi adolescencia, y me siguen enseñando cosas nuevas en estos días. Pero sobre todo, me enseñaron que las creaturas de la noche no estamos solas.

Sé que es ridículo sentir tristeza por alguien a quien no conociste y que no tenía idea alguna de tu existencia, pero es muy válido sentir una punzada cuando pierdes a un maestro. Y Lou Reed fue sin duda uno de ellos, en uno de los periodos más intensos y fascinantes de mi vida.

Por eso es triste decirle adiós a Lou, el poéta eléctrico que siempre en algún lugar estarña con su guitarra y su doo doo-doo , doo doo doo. doo doo-doo…

LOVE

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Love

“Déjame quererte más, sólo un poco, un poco más, déjame amarte” grita una apasionada Thalía en el clímax de Love, a mí parecer, una de las mejores canciones en la historia del pop mexicano (nuestro Vogue, como coincidí con mi colega Pavelocirraptor) y la que inspiró este mixtape que, para ser sincero, tenía mucho tiempo queriendo hacer.

Con LOVE continúo la exploración que desde la entrega pasada inicié en torno a uno de los géneros que más me apasionan y que considero ha sido la base para buena parte de la música que se ha hecho en los último 30 años: el house. Si en Nu Devotion quería recuperar el papel que la devoción juega en el house (herencia clara de las iglesias cristianas que criaron a los padres del género), en LOVE abordo el principal tema, no sólo del house, sino del pop: el amor.

Por supuesto, querer explorar este tema sería básicamente revisar toda la historia de la música; sin embargo, durante los noventa, el house y el amor se mezclaron de una forma muy particular en la que estaban incluidas la ya mencionada devoción, la pasión, el ritmo (no hay que olvidar que el amor es ritmo) y una cierta nostalgia. Las letras interpretadas por cantantes como Chrissy WardAlison Limerick nos empoderaban y nos llevaban a ese lugar profundo en el que se encontraba el amor o nos recordaban que el amor puede ser algo justo y exacto, al mismo tiempo que productores como Lati Kronlund, Farley ‘Jackmaster’ Funk, Jesse Saunders, Frankie KnucklesDavid Morales musicalizaban esa idea con beats intensos de 4/4, bajos duros y ese piano que caracterizó a toda una era.

Eso es el LOVE.

Esa pasión tan específica y tan intensa estuvo ausente durante muchos años de la música popular pero, de un tiempo para acá, distintos músicos y productores se han encargado de recuperarla. Ahí está Armand Van Helden y toda la revisión que ha hecho del género a través de su discografía, los Azari & III en años más recientes y, en el ámbito nacional, Emilio Acevedo, el Sonido Lasser de varias agrupaciones que ha hecho algo similar a Van Helden durante los últimos 15 años y que junto con mi queridísima Danette Newcomb le dio a este país uno de sus mejores discos de electrónica (el The Electric Mass Begins, para los despistados).

En su momento, el LOVE llegó a las masas y gente como los Pet Shop Boys o Madonna lo hicieron suyo. Tan popular fue, que un productor llamado Luis Carlos Esteban (ex Olé Olé y a quien le debemos joyas tanto de ese grupo como el Fan Fatal de Alaska y Dinarama y, más recientemente, de AstrudHidrogenesse o Chico y Chica) decidió tomarlo y convertirlo en una de las mejores canciones de Thalía y de nuestro pop.

Y hablando de canciones que fueron catalizadores para este mixtape así como de músicos y productores nacionales, un tema fundamental fue Lover Brother, producido por Club 303 (André VII de The Wookies y Julián Placencia de Disco Ruido), no sólo captura a la perfección y actualiza el LOVE de la época, sino que prueba que la gran Marcela Viejo (Quiero Club) tiene todo para ser una diva del house.

Con este mixtape llegamos también a la sexta entrega de la serie Ramases! Colossus!, cuya principal misión es romper todo prejuicio musical y que tiene como premisa incluir en cada una de sus entregas un clásico (o más), uno o más temas de un artista nacional y una (o muchas) jotería(s). El punto es, pues, la diversidad.

La portada es cortesía de CarmencitaWolf, excelente artista poblana que me ayudó a traducir visualmente el concepto de LOVE que, considero, va totalmente de la mano con la cultura queer de la época. Misma que también está regresando.

La idea principal de este mixtape es, pues, traer ese concepto a nuestros días y, en una hora, transportarlo a una noche de LOVE. La siguiente parada, de la que hay una pista al final, es el tecno. Por ahora, relájese, escuche, baile, descargue y, sobre todo, déjese querer un poco más, déjese amar.

No lo olvides

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Hace poco vivimos una de esas cosas que ya había olvidado. Algo que, visto a la distancia, me recuerda a esa promesa que me hice a mí mismo durante los años de universidad, una en la que me pedí nunca olvidarme de lo bueno, lo bello y lo verdadero. En ese entonces, me prometí a mí mismo que, pese a la situación en la que estuviese, jamás me olvidaría de esas tres cualidades que, muy a su manera, le dan cierto sentido a la vida. De hecho, ahora que lo pienso, en el fondo pareciera ser lo único que le da sentido a la vida.

Yo sé que los últimos años y meses no han sido precisamente fáciles, y que algunas cosas son más difíciles que otras y que ciertamente otras son mucho más fáciles que lo que vivimos durante los días difíciles. Pero también es comprensible que en el ajetreo diario te hayas olvidado de eso. De lo bueno, lo bello y lo verdadero. O incluso, podría ser que jamás hayas escuchado de ello. Sea cual sea tu situación, lo cierto es que recientemente viviste algo bueno, bello y verdadero. Tanto, que de repente el mundo se llenó con la misma cantidad de maravilla que de espanto. Tales fueron los niveles, que ese corazón tuyo, a veces tan ingenuo y otras tan inexplicablemente maduro a ratos se doblaba, a ratos se inflaba y en otros momentos simplemente no sabía lo que le estaba pasando.

No imagino cómo te has de haber sentido cuando descubriste que eso que vivimos, que todo eso, no era tan bueno, bello o verdadero. Incluso, hay momentos en los que parecería ser todo lo contrario…¿Es así? No lo creo realmente. Pero imagino que es lo que pasa con las cosas fugaces.Y de hecho, pese a toda la indiferencia y la lejanía que los hechos ahora te demuestran, es imposible negarlo: aquello, en efecto, fue bueno, bello y verdadero. Lo más.

¿No recuerdas ese instante? Quizás un viso de luz, quizás unas palabras, siluetas, un poco de humo; una, dos, tres explosiones. Quizás fue la mano o tal vez fue Philip Glass. O quizás todo eso está en nuestras cabezas y en realidad nada ocurrió. Pero en el fondo de todo eso, ahí están, esos breves instantes de belleza, bondad y verdad. Mínimos, únicos y un tanto portátiles.

Hace poco vivimos una de esas cosas que ya había olvidado. Algo que, visto a la distancia, me recuerda a esa promesa que me hice a mí mismo durante los años de la universidad. Hace poco vivimos algo bueno, bello y verdadero. Algo breve y posiblemente imaginario. Pero no lo olvides. Por favor, no lo olvides. Que ante los horrores cotidianos, la crisis y los balcones vacíos, muy a su manera, le dan cierto sentido a la vida. De hecho, ahora que lo pienso, en el fondo pareciera ser lo único que le da sentido a esta vida.

Nu Devotion

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20130206 NuDevotion Teaser

Pocas cosas tan noventeras como la devoción. Si acaso, el medievo o los finales de la década de los 50. Pero sin duda, la auténtica devoción (que si algún día hago un disco de dance ese será el título) se dio sólo en los 90, y al principio, que el house venía saliendo de los agujeros de Chicago para acabar por convertirse en el género por antonomasia del pop.

Esa devoción, así como el renacimiento que el género está teniendo en estos días fue lo que me llevó a hacer lo que mucha gente en la música está haciendo ahorita: darle una buena explorada al old school house. Así pues, gracias a la conminación de la gente de Societé Perriera Marta SánchezJohn Talabot y Disclosure (éstos tres últimos como mera influencia, lamentablemente aún no conozco a ninguno), me animé a hacer mi primer mixtape en mucho tiempo.

El house, en su forma original, me parece un género simplemente fascinante: esa derivación del disco mezclada con el fervor cristiano es un apasionamiento que no ha ocurrido en muchos años en la música. Igualmente fascinante me parece que tanta gente esté explorándolo de nuevo y reinterpretándolo con esa emotividad con la que Talabot, por ejemplo, lo hace (llevando a The xx a convertirse justo en lo que creo que son: los Everything but the girl de nuestra época), o con ese dinamismo con el que Disclosure retomó el UK garage que MJ ColePhotek habían dejado varado.

Todo eso se suma a una especie de investigación que desde hace poco más de un año hemos iniciado Chucho y yo en el mundo del house. Clara pasión de Chucho, por cierto.

Uno de los primeros resultados de esa investigación es Nu Devotion, el primero de una serie de mixtapes que pienso realizar en torno al house. Es más que evidente que el título se lo robé tomé prestado a la gran Marta Sánchez, quien lamentablemente, con ese vocerrón que tiene dejó de hacer house para sacar temas pop lánguidos. La idea de esta serie de “devociones” es explorar lo que ocurre con el género. Nu Devotion refiere a la exploración y reinterpretación que las generaciones de ahora están haciendo. Esperen pronto un Devotion y, evidentemente, un True Devotion (que como siempre he dicho, si algún día saco una fragancia es un hecho que se llamará así).

Por supuesto estos días no he dejado de escuchar a Frankie Knuckles, Jesse SaundersMarshall Jefferson, así como la etapa noventera de Madonna, el Introspective de los Pet Shop o las geniales vertientes hispanoamericanas que tuvo en su momento el género, como Fangoria en sus inicios, el gran Corazones de Los Prisioneros y, por supuesto, Mi Mundo de Marta Sánchez, entre muchos otros.

Como siempre dejo claras mis intenciones, aprovecho para mencionar que en este mixtape quería aprovechar para dar a conocer la más reciente canción de mi queridísima Karen Inderbitzin, quien además de recibir un gran remix de Picos, está a punto de sacar su más reciente producción. Y es que además de talentosa, Karen es la más clara muestra de que lo de hoy es el DIY. Todo lo que ha hecho para conseguir que su disco y su música vean la luz, lo ha hecho ella sola.

Además, con este mixtape vino también una entrevista con otra buena amiga mía, Edna Pedraza, para el blog que Societé Perrier. La entrevista pueden leerla aquí. Y el set pueden escucharlo y descargarlo acá:

Nos veremos pronto

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No lo había anunciado por aquí o por otro medio a pesar de que tal vez tenía que hacerlo. Pero lo cierto es que estaba muy nervioso. Desde enero o febrero de este año me habían dicho que, posiblemente, para octubre o noviembre de este año traerían a Yelle y que, si quería, podría tocar con ellos. Fue durante el verano que me lo confirmaron: el 16 de noviembre se armaría el concierto.

- Pero no queremos un DJ Set, queremos que sea Live Act….queremos volverte a ver en un escenario, como en los viejos tiempos.

Me hubiera visto muy estúpido y no estaría escribiendo este post si no hubiera dicho que sí. Así que lo hice, acepté. La última vez que había tocado de esta manera fue en 2008, un año de muchos cambios para mí y un momento ciertamente difícil, en el que no sólo estaba seguro de si quería seguir llevando adelante a Velvet Boy, mas bien, no estaba seguro de si quería seguir siéndolo.

A pesar de haber cantado un par de veces en los últimos años, no había hecho gran cosa por mi proyecto musical, y la última vez que realmente toqué fue ésta:

Sí, ese soy yo disfrazado de Bowie en mi despedida de Puebla: The Sodom & Gomorrah Show. Y en el escenario me acompañan, de izquierda a derecha, mi querido Dave, quien ahora es ultra famoso y está de gira con Renoh; en la batería Omar y, finalmente, en la guitarra, Yush, quien según tengo entendido anda por algún lado del mundo.

Aquella fue la última vez que realmente toqué (sí, sé que después de esa hubo varias ocasiones, pero ninguna como ésta) y ocurrió un 15 de agosto de 2008. Para ese entonces estaba cansado de la música, de mi vida en Puebla y de una serie de eventos desafortunados que, si leen los archivos de esos años y esas fechas, comprenderán.

Pese a lo que se diga, aquel fue un gran concierto y una gran fiesta. Como siempre he dicho, soy el chico más afortunado del planeta y tenía una gran banda, tres chicos con gran disposición y buenos músicos. A pesar de estar a mediados de agosto hicimos una fiesta de disfraces con el nombre de una canción de mis amados Pet Shop Boys y el sitio se llenó, era el antiguo Anónimo, sitios como ese ya no hay.

En fin, la cosa es que estaba en uno de esos momentos de transición que le agitan todo en la vida a uno y, ciertamente, creo que en ese momento tenía muy poco tiempo para la música. Me despedí de Puebla, me fui al DF y decidí cerrar la puerta de la música y aventar la llave a un sitio en el que no la pudiera encontrar.

Error.

Por mucho que me haya quejado de la música y de lo pesado que podía ser tratar de llevar una vida y, además, tratar de llevar una vida de músico, no pude. Lo que ocurrió los meses siguientes fue que atravesé una de las depresiones más grandes y extrañas de toda mi vida. Ver figura 2:

Eso que ven arriba soy yo tratando de dármelas de oficinista y de vivir una vida “normal”, sin presentaciones, música y/o DJ Sets. Puedo decir con toda franqueza que el periodo ocurrido entre agosto de 2008 y enero de 2009 fue, simplemente, agónico.

De repente, los micrófonos, sintetizadores y CD’s se habían cambiado por facturas, cheques y correos electrónicos. Y eso que ven arriba, soy yo en un momento libre de oficina, no sabiendo qué hacer.

El punto es que, como ya dije, soy el chico más afortunado del planeta, y tengo la suerte de que la música siempre me anda persiguiendo así como de tener amigos que saben realmente lo que me gusta y quien soy. Así que en enero de 2009, recibí una llamada de mi querida Agnes, diciendo que abrirían un nuevo bar en Cholula y que querían escucharme, pero no precisamente como cantando, sino como DJ.

Para quien no lo sepa, empecé a presentarme en vivo y como DJ casi al mismo tiempo, sólo que en ese momento, me empezaron a llamar más para tocar que para hacer DJ Sets. Quemé mis discos, preparé mi set, y un 16 de enero de 2009 hice mi primer DJ Set en un bar, relativamente nuevo, llamado Barfly. Existe incluso una foto que documenta el momento y en la que, por cierto, mucha gente piensa que estoy drogado cuando, curiosamente, no traía ni siquiera mis pastillas para la epilepsia encima. Y es la siguiente:

La de arriba es la foto que menciono y la de abajo es una foto de Agnes aquella misma noche que llevo toda la vida queriendo mostrarle a la humanidad. El DJ Set de esa noche se convirtió en una fructífera y muy querida relación con el bar en el que sigo tocando como residente cada quince días y en el que hemos logrado cosas increíbles de las que en otro momento hablaré.

Están a punto de cumplirse casi 3 años de aquella llamada de Agnes y, durante este tiempo, me dediqué a descubrir a descubrir y mejorar ese lado de DJ que, curiosamente, ahora muchos más conocen.

Para principios de este año Cholula ya era otra. Artistas internacionales venían con mucha mayor frecuencia y, de alguna manera, aquella escena independiente en la que todos éramos héroes se convirtió en una especie de pequeña industria, una comunidad distinta. Así pues, cuando por esos días me dijeron que traerían a Yelle muchas cosas pasaron por mi cabeza.

En primer lugar, jamás pensé que llegaría el día en el que no hubiera que ir al DF para disfrutar de un concierto de este tipo. En segundo lugar, me sorprendió que aún hubiera quién se acordara de mí y aquellos shows petardos que armábamos en 2006, esos en los que no había un escenario con luces sino una pareja lésbica fajando, gente bailando y una pelea en la cabina de sonido (juro que en verdad pasó esto último). En tercer lugar pensé: “¿Y ahora qué chingados voy a hacer?”.

En ese momento descubrí que algo muy delicado y difícil había ocurrido: había dejado de creer en mí. Aquella noche del Sodom & Gomorrah Show, sí, esa que de la que vieron la foto arriba y de la que si quieren ver un video pueden hacerlo aquí, no sólo le cerré la puerta a la música, sino que se la había cerrado a Velvet. Y no sólo eso, donde quiera que lo hubiera encerrado, lo había dejado encadenado como un animal, para que no se soltara y fuera a comerse a alguien.

Aquella llamada de Agnes y los años como DJ, alimentaban y calmaban a esa bestia de terciopelo que había encadenado. Pero ese animal quería salir, necesitaba salir. Y necesitaba hacerlo por el simple hecho de que era yo mismo pidiéndome salir.

Lo interesante es que mientras yo trataba de poner en orden mi vida después de Puebla, de la universidad, de la llegada a México y de tratar de sobrevivir, Velvet pareció aprender mucho en su exilio. Era como si durante todo este tiempo él me observara y saliera de vez en cuando. Incluso, era como si él mismo hubiese encontrado la llave y decidiera salir cuando quisiera, porque es de alguna manera lo que Velvet hace.

Y lo más importante aún: descubrí que a pesar de que yo hubiese dejado de creer en mí y en lo que hacía, había mucha gente que aún lo hacía, que aún creía en mí. De hecho, he de decir que fue mucha de la gente que me invitó y/o convenció de volverme a trepar a un escenario a cantar.

Creo que este es el punto donde del post donde debería de agradecerle a Matías, que fue quien me invitó y quien dijo: “Extrañamos a Velvet en un escenario”, y en segundo lugar, a Chucho, quien decidió ser mi cómplice en esta ocasión.

“OK, regresaré”, fue lo primero y más evidente que pensé, pero si iba a hacerlo, no sería con ninguna de las cosas que me trajeron abajo o los errores de antes. Ya no era el universitario que tenía que volverse una especie de pulpo para sacar todo adelante y, sobre todo, ya no era el universitario dramático que cualquier cosa lo aplastaba. Ahora era -y soy- un freelance que el trabajo y este tipo de cosas lo aplastan, simplemente soy menos neurótico.

Así pues, la decisión fue que, primero, arreglaríamos las viejas canciones, las que alguno que otro fósil cholulteca podría recordar y, si daba tiempo, hacer alguna cosa nueva. Tenía, de nuevo, una gran ventaja a mi favor: una persona con gran talento, con gran disposición y, sobre todo, con un gran sentido de la responsabilidad.

Desde el verano, Chucho y yo estuvimos arreglando los viejos temas, los adaptamos al sonido del 2011 (imaginando que habría pura muchachada en el evento), eso sí, sin perder la esencia Velvet. Hubo dos semanas en particular que fueron intensas y en las que, de nuevo, dudé.

Y es que creo que si algo tenía esa jaula en la que había metido a Velvet era un guardián muy severo: el miedo. Estaba muerto del miedo de volver a ese sitio al que no había vuelto en dos años.

Cada semana, cada día, arreglábamos algún detalle, algo nuevo, algo convincente, algo que nos volara la cabeza y, si no era así, entonces a cambiarlo. Al final, nos quedó un set con siete canciones, completamente revampeadas. Una de ellas nueva.

Por si esto no fuera suficiente, la carga de trabajo de ambos se hizo enorme en estas últimas semanas antes del concierto. Y los días comenzaron a pasar a una velocidad que yo creía cósmicamente imposible.

De repente llegó el miércoles 16 de noviembre y yo estaba, sorprendentemente tranquilo. Los ensayos previos habían salido bien, todo marchaba en orden y no me puse nervioso sino hasta que ya tenía un micrófono en mano y al ingeniero de sonido diciéndome que probáramos todo. Fue justo en la prueba de sonido donde comprendí que, en tan sólo unas horas, regresaría a esa casa que había dejado dos años antes.

La prueba de sonido salió bien, con uno que otro percance clásico de este tipo de situaciones, pero en general bien. Regresamos a casa para que nuestros amigos de Violenta se encargaran del estilismo de la noche, una imagen un poco más sobria de lo que había manejado antes (y es que sinceramente alguien de mi edad cantando que “los hombres en tacones caminan y lo hacen muy bien” necesita algo que le otorgue un poquito más de credibilidad por parte del público).

De nuevo, e insisto, soy el chico más afortunado del planeta, pues, una vez más me encontraba rodeado de gente con talento, dispuesta a ayudar y a hacer su mejor trabajo.

El nervio y la temblorina que me caracterizaban en mis conciertos de años atrás habían, curiosamente, disminuido para cuando llegamos al sitio donde sería el concierto. Para cuando me tomé mi primer tequila, volví a sentirme Bowie.

Y así como los meses y los días pasaron a una velocidad casi cósmica, los minutos para que subiéramos a tocar fueron casi inexistentes. Chucho y yo tuvimos apenas oportunidad de platicar con Julie (es decir, Yelle) unos minutos en el backstage antes de subir a tocar. De hecho, la entrevista que tanto queríamos hacer para Masturbación Musical no pudo ser hecha porque ya teníamos que estar conectándonos.

Matías nos acompañó hasta el escenario: “Ahora…@Velvet_boy live act, tenemos la suerte de ver a este talento despues de 2 años de no tocar en Live Act!!! #YelleEnCholula”. Twitteó Matías justo antes de que subiera al escenario.

¿Cuántos eran? ¿500? ¿1000? ¿1500? ¿Más? ¿Menos? No sé, lo cierto es que de repente me encontré frente a una serie de caras desconocidas que, de seguro, cuando yo estaba haciendo mi primer concierto en 2003 ellos ya estaba durmiendo después de ver a Bob Esponja o similares en la televisión.

La música ya estaba sonando y era hora de demostrar por qué me habían llevado ahí, por qué nos habían dado la oportunidad de pararnos frente a tanta gente y ofrecerles nuestro show.

De repente, todos los miedos y las inseguridades comenzaron a caerse uno a uno. Velvet de repente se me salió del lugar donde lo tenía guardado y comenzó a rugir. Velvet gritaba y yo me encargara de que no se fuera alguna nota. Velvet quería saltar y yo lo contenía, para que no se le fuera el aire.

De repente las caras familiares comenzaron a surgir de entre el público: los viejos amigos y los nuevos. Y entonces me sentí otra vez en casa, en familia, como una especie de tío que de repente se ve rodeado de sobrinos nuevos. “Tal vez muchos de ustedes no estaban aquí hace cinco años, pero este sitio era muy diferente entonces. Y tal vez muchos de ustedes no sepan lo que ha costado llegar hasta aquí y el trabajo de cuánta gente ha sido necesario”, dije, concluyendo con un brindis por la vieja y nueva Cholula.

Para mi sorpresa, la gente bailaba y cantaba las canciones. Incluso aquellos  que cuando empecé a tocar años atrás estaban en edad de irse a la cama temprano. En verdad que no me la creía.

No sé si alguna vez he hablado por aquí de lo mágico que es estar arriba de un escenario provocando tantas cosas buenas en tanta gente. Pero si no lo he hecho créanme que realmente lo es.

Y así como el tiempo cósmico pasó, el concierto también. De repente me vi haciendo una reverencia de despedida para el público que nos había regalado 45 de sus minutos.

Una felicidad, de esa que lo reconcilia a uno consigo mismo y con el universo, me inundó y me ha llenado desde entonces. Felicidad que no sería posible sin el esfuerzo y la confianza de mucha gente, de todos los que estuvieron ahí: desde los que organizaron con el evento, los que fueron parte del proyecto, los viejos y los nuevos amigos, así como las personas del público que hicieron de esa, no sólo una noche increíble, sino el punto que me ha hecho decidir volver, regresar a ese punto que había dejado hace unos años y volver a hacer esto que tanto disfruto.

Lo único que puedo decir es, en verdad, gracias, el miedo ya se ha ido. Nos veremos pronto.

A todos los que no pudieron ir, les dejo acá unas imágenes de esa noche, cortesía  de Roberto Partida y de Polo Torres.

Los ojos de Jonathan Jeremiah

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“Quien habla de felicidad suele tener los ojos tristes”

Esa frase del principio es RosaElena citando a Lipovetsky citando a Aragón y esa frase del principio, me cayó de forma repentina momentos antes de cerrar mi día. Y podría decir que también me calló repentinamente. A mí y a todas las voces en mi cabeza que suelen quedarse como retazos de días como hoy, que parecen no tener fin.

Esta semana vine a mi pueblo para realizar una serie de trámites burocráticos y para aprovechar a ver a mi familia, con quienes apenas he podido convivir por estos mismos trámites y por estar robóticamente pegado a esta computadora tratando de sacar mi quincena. Así que, parafraseando a RosaElena citando a Lipovetsky citando a Aragón: “Quien habla de felicidad suele tener los ojos cansados”.

Y es que cualquiera que me vea en este instante no se topará precisamente con el muchacho de los ojos tristes (que, por cierto, toda la vida he querido que me dediquen esa canción), sino con el de los ojos cansados y, tal vez, un tanto inciertos. Cansados de haber olvidado algo tan fundamental para un trámite como una identificación, cansados por no parar de escribir, cansado por una chica guapa que resultó una especie de oasis en medio de la parsimonia de las oficinas y los turnos, cansados porque Google decidió comprar a Motorola y había que reportarle eso al mundo y cansados de no saber si están haciendo lo correcto (as usual, diría Sabarreda).

Y es que curiosamente, hoy hablé en muchos momentos de la felicidad. En medio de ese enajenamiento que me cargué a Celaya, pude hablar de la felicidad con muchas personas que forman parte esencial de ella para mí. Ya sea tratar de enseñarle a alguien en sus tempranos 20′s que no es algo tan fácil de conseguir y que nunca nos advierten que la felicidad viene con mucha mierda embarrada. O ya sea aprender de una mujer que lleva poco más de setenta años descubriéndola.

Lo peor del caso es que estaba tan enajenado haciendo o pensando en las cosas que supuestamente me traerán la felicidad, que no es hasta ahora que reparo en ello. A esta hora en la que, como siempre, ya debería estar dormido. Pero no podía dejar de comunicar esto, no después de ver que RosaElena se conectó con mi cerebro como suele hacerlo y no después de la última casualidad del día.

Con esa obsesión que seguro acabará por matarme, seguía ordenando mi música a medianoche, minutos después de haber leído el aforismo que mi amiga publicó. Justo en ese momento, apareció de entre los miles de archivos una canción que no tenía ni idea que existía y mucho menos que estaba en mi biblioteca.

En verdad, agradezco que el universo tenga estos detalles conmigo. Es muy amable de su parte y a veces siento que no le correspondo como debería. Prometo comprarle una planta o invitarle un café la próxima ocasión. Es un tema de Jonathan Jeremiah (¿Así o más bíblico?) que se llama Happiness y que seguramente más de la mitad de los lectores conocerán desde mucho antes que yo, pero como ya dije, soy la persona más involuntariamente antineofílica, así que apenas me entero.

Justo cuando RosaElena me recordaba que quien habla de felicidad suele tener los ojos tristes, apareció este tipo que asegura haber encontrado la fórmula de la felicidad. De acuerdo con él, lo que hay que hacer si uno anda necesitado de ella es empacar lo esencial e ir a casa donde está tu gente. Mi casa se divide en cuatro lugares, mismos que visitaré esta semana. Quién diría.

En lo que sigue la aventura de la burocracia y el reencuentro con mis cuatro hogares, les dejo esto que cerró mi día; ojalá y les ayude en los suyos y descubran en los ojos de Jonathan Jeremiah que RosaElena, Lipovetsky y Aragón tenían toda la razón.